martes 20 de enero de 2009

CUANDO EL VECINO ES DEMASIADO MOLESTO

Se acabó. Por ahora. Las tropas israelíes abandonan la franja de Gaza. Los tanques vuelven a su lugar de origen y las promesas de paz resuenan en todos los telediarios. Una cantinela fallida en otras ocasiones y en la que nadie confía. Oriente Próximo espera, incluso antes de la retirada total de tropas, el estruendo de explosiones sobre territorio palestino. Porque nadie confía en la pacificación de “la Tierra prometida”.

El último conflicto entre Israel y Palestina es la punta del iceberg de una cronología de muerte y odio entre dos Estados teóricamente legítimos. Israel lo es desde 1948, cuando la opinión pública mundial cedió el territorio palestino al sueño de Ben Gurión: la creación de una nación hebrea. La Autoridad Nacional Palestina, en cambio, tuvo que esperar hasta 2003 para ser reconocida como un Estado en los Acuerdos de Ginebra. Porque Palestina es un país en la teoría, aunque Israel no lo permita en la practica.

Los medios de comunicación buscan un culpable a la última crisis. Israel es el centro de todas las críticas mundiales, pero no olvidemos que hasta hace bien poco la crítica internacional identificaba a los palestinos con el terrorismo. Los ciudadanos occidentales absorben noticias de unos medios de comunicación que son partidarios de la visión árabe del conflicto. Estos medios de comunicación se alejan del centro de objetividad que

precisa una correcta información de una crisis donde los culpables son muchos. La razón de esta cruzada contra Israel en los medios no tiene que ver con causas morales. Todo lo contrario. El país gobernado por Ehud Olmert controla todas las fronteras de la franja de Gaza y prohíbe el acceso de cualquier cámara de televisión y de cualquier corresponsal occidental. Los medios, molestos con la actitud del primer ministro israelí, utilizan su mejor arma contra él: el poder mediático. Los imperios de la información (o desinformación) necesitan imágenes del conflicto para vender más periódicos y obtener más audiencia, es decir, generar más dinero. Y cuando alguien afecta a las cuentas del cuarto poder, este intenta devorarlo. Pocos medios recuerdan que el primer incidente del último conflicto fue el lanzamiento de misiles Kassam y Kathiusa contra el sur israelí. El 19 de diciembre de 2008, Hamas rompió, unilateralmente, la frágil tregua con Israel. Un semana después, cuando el mundo occidental disfrutaba de las fiestas navideñas, Hamas lanzó, en un sólo día, 84 misiles. Según la opinión pública internacional, hoy el asesino habla hebreo, pero ayer lo hacía en árabe.

¿Pero de verdad existen buenos y malos en esta sangría? No olvidemos que ambos bandos se han encargado de torpedear la paz en la zona durante cuarenta años. Los países árabes no aceptaron la creación de una nación hebrea y comenzaron las hostilidades. Surgieron la Primera Guerra Árabe-israelí, la Guerra de los Seís Días, la Guerra del Yom Kippur... Tristes ejemplos de cómo ambos pueblos trataban de aniquilarse. Surgieron voces tranquilizadoras, como Isaac Rabin, asesinado por un judío ultraortodoxo por su sueño de cohabitación. También apareció Yasser Arafat, que de vez en cuando utilizó la palabra para lograr la independencia palestina, aunque no siempre. Pero estas voces fueron aplastadas por personajes movidos por el odio. Apareció Ariel Sharon, primero como General del ejército israelí e instigador de las masacres en los campos de concentración de Sabra y Shatila. Luego como primer ministro, recordado por ser el “enterrador” del proceso de paz de Rabin y por ser el constructor del “Muro de la Vergüenza”. También aparecieron Hamas, organización considerada terrorista por la Unión Europea y Estados Unidos y actual partido gobernante en la franja de Gaza, y la Yihad Islámica. El tándem formado por ambos partidos se encarga de alimentar el odio hacia el “demonio” judío a base de una oratoria sectaria. Pero además, juegan a ser David, lanzando proyectiles contra el Goliat vecino.

El problema no es identificar al culpable, sino a los damnificados. Los ciudadanos de Gaza, un territorio cárcel de 360 kilómetros cuadrados y más de un millón y medio de habitantes, viven entre basura, en casas con los cimientos destrozados por los bombardeos. Conviven con el riesgo de contraer cualquier enfermedad consecuencia de los cientos de muertos apilados en las calles. Con el miedo de perder todo y a todos. Al otro lado de la frontera, la misma historia. Los habitantes de Sderot, aldea israelí cercana a la frontera de Gaza, saben que en tan sólo 15 segundos un misil Kassam lanzado desde Palestina puede destruir parte de su población.

Los responsables de cada bando no miran hacia el futuro. Recuerdan continuamente las cuatro décadas de desencuentros, de muertos y de negociaciones infructuosas. Cuando Hamas pide un alto el fuego es porque necesita más armas. Cuando Israel abandona Gaza es porque el pueblo palestino no tiene más piedras con las que luchar. Estamos hartos de oír que la esperanza es lo último que se pierde porque hay gente en Oriente Próximo que perdió todo hace mucho tiempo. Si árabes y hebreos no confían en la paz, poco podemos hacer el resto de la Humanidad.

2 comentarios:

  1. ei vecino tu si que eres molesto...él nunca podra ser molesto, principalmente porque no es tu vecino!!!
    que bien escribe este tio...me hago fan!

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Gracias